1. No ofrecer variedad
Variedad de sabores y de colores. Un bebé que siempre ve lo mismo aprende que la comida es una lista corta, y después cuesta ampliarla.
2. No cambiar las texturas a tiempo
La transición de líquidos y papillas a sólidos debe hacerse antes de los 10 meses. Quedarse en el puré porque «así come mejor» es cómodo hoy y caro después: hay una ventana para aprender a masticar, y cerrarla trae problemas.
3. Obligarlo a comer
Si tu hijo te manda señales de saciedad, no lo presiones. Las señales son claras cuando uno las mira: juega mucho con la comida, aprieta la boca, voltea la cara. Cuando veas eso, detente. Punto.
4. Gritar o asustarlo durante una arcada
Sé el susto que da. Pero el grito le enseña que comer es peligroso, y eso sí deja huella. Respira y acompáñalo con calma: «mi amor, el alimento está muy atrás, empújalo con tu lengua». Se le enseña a resolverlo, no se le enseña a temerlo.
5. Dejar de ofrecer porque hace mala cara
Una mueca no es un veredicto. Retirar el alimento a la primera cara fea es justo lo contrario de lo que hace falta: un alimento se ofrece diez veces, repartidas en el tiempo, antes de concluir nada.
Si tu hijo te envía señales de saciedad, no lo presiones.
Nueve páginas con lo que suelo explicar en consulta: cómo construir hábitos en la mesa, cómo armar el plato, un menú sugerido para cuatro semanas y dos recetas para compartir.
El hilo que los une
Los cinco errores tienen algo en común: confunden quién decide qué. Tú decides qué se ofrece, cuándo y dónde; él decide cuánto come y si come. Cuando esa frontera se respeta, la mayoría de las peleas de la mesa desaparecen solas.

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