Mito 1: «Tiene que tomar jugos de fruta para obtener vitaminas»
Realidad: las frutas enteras son una mejor opción. Al exprimir se pierde la fibra, y lo que queda puede aportar excesos de azúcar con muy poca saciedad.
Esto es lo que suele pasar en la práctica: el niño toma un vaso de jugo, llega sin hambre a la comida y además no recibió la fibra que la fruta traía. Si puede masticarla, que la mastique. Y si aún no, la fruta aplastada sigue siendo mejor que el jugo colado.
Mito 2: «Es malo darle huevo antes del año»
Realidad: es al revés. Introducir alimentos potencialmente alergénicos entre los 6 y los 12 meses puede reducir el riesgo de alergias.
Durante años se recomendó retrasar el huevo, el pescado y los frutos secos, y hoy sabemos que esa demora no protegía: en muchos casos hacía lo contrario. La ventana entre los seis meses y el año es una oportunidad, no un riesgo — ofreciéndolos bien preparados y de a uno por vez, para poder identificar cualquier reacción.
Mito 3: «Si come poquito, no crecerá bien»
Realidad: no solo importa la cantidad, sino la calidad. Hay que ofrecer esos alimentos que, en menor tamaño, nutren más.
Un niño que come porciones pequeñas de alimentos densos en nutrientes puede estar mucho mejor que otro que come platos grandes de comida vacía. Por eso, cuando una mamá me dice «come poquito», mi primera pregunta no es cuánto: es qué.
No solo importa la cantidad, sino la calidad: brindar esos alimentos que en menor tamaño nutren más.
Nueve páginas con lo que suelo explicar en consulta: cómo construir hábitos en la mesa, cómo armar el plato, un menú sugerido para cuatro semanas y dos recetas para compartir.
El hilo común
Los tres mitos comparten un problema: miran una sola variable —el vaso, el calendario, el volumen del plato— y se olvidan del conjunto. La alimentación de un niño se evalúa completa, y con sus curvas de crecimiento al lado. Ahí está la respuesta de verdad.

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