El caso es casi siempre el mismo. Un niño que empezó a comer a los seis meses, que recibía los alimentos perfecto, sin drama. Llega el año y de repente no quiere nada.
Qué cambió
Cambió él. Al año tiene más independencia y más autonomía, y pasan tres cosas a la vez:
- Descubrió el «no». Y lo dice perfecto, y le encanta decirlo.
- Retira la mano. Ya tiene con qué oponerse, y lo usa.
- Camina. Es feliz caminando, así que sentarse le parece un castigo.
Y en ese orden de ideas, le llama más la atención el mundo que los alimentos. No es que haya dejado de comer: es que comer bajó de puesto en su lista de prioridades, justo cuando descubrió que puede moverse por su cuenta.
Este pequeño ser de luz ya conoce la palabra «no» y la dice perfecto.
Además, el crecimiento se desaceleró
Durante el primer año un bebé crece a una velocidad que no volverá a repetir. Después de esa carrera el crecimiento se desacelera —es lo esperado— y el apetito baja con él. Un niño de un año que come menos que a los diez meses está siguiendo su biología, no rompiéndola.
Qué ayuda en esta etapa
- Que la comida tenga un lugar fijo: su silla, no persiguiéndolo por la casa.
- Horarios estables, sin picar entre comidas.
- Menos líquido antes de comer.
- Ofrecer sin obligar, y sin cara de expectativa: los niños leen la tensión al instante.
Y vigilar lo que sí importa: que el peso y la talla sigan su curva. Ahí está la respuesta de verdad, no en cuánto quedó en el plato hoy.

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